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Billy Corgan en Vistalegre: la herida noventera en clave sinfónica

 

El líder de The Smashing Pumpkins llevó a Madrid la revisión orquestal de ‘Mellon Collie And The Infinite Sadness’ en dos noches marcadas por el contraste entre la ambición de la propuesta y las limitaciones de Vistalegre

Billy CorganCopiar enlace

El Palacio Vistalegre no es precisamente el lugar que uno imaginaría para escuchar una obra sinfónica con atención al detalle. Hay demasiado ruido alrededor, demasiado movimiento en las gradas y, cuando llega una pausa, siempre aparece alguien dispuesto a llenarla. Aun así, Billy Corgan decidió llevar allí ‘Mellon Collie And The Infinite Sadness’, el disco con el que The Smashing Pumpkins convirtió la grandilocuencia de los noventa en una forma de expresión.

La propuesta no tenía mucho que ver con un concierto convencional de rock, y creía que nadie lo esperaba. Corgan llegó acompañado por una orquesta sinfónica, coro y cuatro solistas líricos, con los arreglos de James Lowe, desarrollados originalmente para su presentación en la Lyric Opera de Chicago. No hubo guitarras eléctricas ni el habitual aparato de una banda de rock. La intención era otra: comprobar qué quedaba de aquellas canciones cuando se les quitaba buena parte de la producción que las convirtió en uno de los discos más reconocibles de su época.

La primera parte de la noche ayudó a entender el planteamiento. Corgan ni siquiera apareció al principio. La orquesta y el coro dejaron que la música respirara por su cuenta. Sin las guitarras dobladas, las capas de efectos y la producción de los noventa aparecieron detalles que en el disco quedan más enterrados. Algunas melodías ganaron peso y determinadas transiciones adquirieron un carácter más dramático.

Cuando Corgan salió finalmente al escenario, con su túnica negra, no intentó convertir aquello en una versión solemne de un concierto de Smashing Pumpkins. Se mantuvo bastante contenido. Su voz, tan reconocible como poco ortodoxa, convivía con las voces líricas sin intentar competir con ellas.

Ahí estaba una de las peculiaridades del concierto. Los cantantes clásicos aportaban precisión y una amplitud vocal que Corgan nunca ha buscado. Él, en cambio, conservaba ese timbre quebrado y nasal que forma parte inseparable de las canciones. El resultado era irregular por momentos, pero también tenía sentido. Si todo hubiera quedado demasiado limpio, probablemente se habría perdido algo de lo que hacía reconocible a Mellon Collie.

Los arreglos de Lowe tampoco se limitaron a poner una orquesta detrás de las canciones. En varios pasajes la música adquirió un carácter más cercano a una banda sonora o a una pieza teatral. El riesgo estaba ahí: convertir canciones asociadas a una generación concreta en algo excesivamente académico. No siempre se evitó esa sensación, pero el conjunto tuvo suficiente personalidad como para no parecer simplemente una operación de nostalgia.,paragraph--6:

Tonight, Tonight” fue uno de los momentos en los que mejor funcionó la transformación. La cuerda permitió ampliar el carácter melódico de la canción y el coro añadió una dimensión que en el disco ya estaba sugerida, pero que aquí ocupaba todo el espacio. Corgan, en lugar de forzar la voz, optó por contenerla y dejar que la orquesta hiciera buena parte del trabajo.

El problema apareció cuando la música pedía exactamente lo contrario de lo que Vistalegre ofrece. En los fragmentos más delicados se escuchaban conversaciones, gente desplazándose por las gradas, pitidos de datáfonos y peticiones de bebida. Son molestias habituales en un pabellón, pero aquí tenían un efecto especialmente evidente. Cuando una cuerda apenas sostiene una nota, cualquier conversación cercana acaba formando parte de la experiencia.

Y esa es quizá la contradicción principal de estas dos noches. La propuesta de Corgan necesita concentración. Vistalegre ofrece otra cosa. Durante algunos momentos, la distancia entre ambas ideas fue demasiado grande y no resultaba fácil decidir si aquello era una experiencia musical arriesgada, una tomadura de pelo o un experimento colocado en el lugar equivocado.

Con todo, el proyecto consiguió demostrar algo que podía haberse quedado en una simple operación de nostalgia. ‘Mellon Collie And The Infinite Sadness’ sigue teniendo suficiente material compositivo para sobrevivir sin el envoltorio que lo convirtió en un clásico del rock alternativo. Treinta años después, algunas de sus canciones todavía admiten otra lectura.

Corgan terminó compartiendo el aplauso con la orquesta y los solistas. No hubo necesidad de reivindicar el pasado ni de convertir la noche en un homenaje a los años noventa. La música estaba ahí, transformada y, en algunos momentos, incluso extraña. Quizá esa era la mejor razón para haberla llevado hasta Vistalegre.

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